Hace más de un año, cuando comencé un trabajo basado en El tragaluz, obra de teatro de Antonio Buero Vallejo, se me ocurrió una idea que decidí presentar en clase a través de un monólogo. Esta idea, en resumen, trata de cómo las personas exigimos y decimos desear la paz en el mundo, el fin de las guerras y el cese de la violencia en general, cuando, en la mayoría de los casos, ni siquiera podemos mantener una buena relación con uno o más miembros de nuestra familia. Si no somos capaces de tolerar, respetar y aceptar a aquellos que son más cercanos a nosotros, ¿cómo podemos esperar que las naciones jamás lleguen a desacuerdos tan grandes como una guerra, o que exista el racismo, o que se rompan relaciones diplomáticas entre algunos territorios, etc.? ¿Por qué creemos que nosotros, que no soportamos a nuestra madre, hermana, hermano, vecino, amiga..., seríamos capaces de mantenernos en paz con el resto del mundo? Con razón aquellos que tienen poder suelen ceder ante los conflictos.
Desarrollé la idea en dos páginas y media, pues no podía extenderme demasiado al momento de presentar el monólogo. Pero hace unos días me surgió otra reflexión:
si YO quiero paz con y para el mundo, debo ejercer esa paz con las personas que me rodean, pero primero necesito paz conmigo misma. Antes de pedir calma en el mundo, debo mantener una buena actitud hacia los demás; antes de mantener esa buena actitud,
debo estar segura de que dentro de mí también hay tranquilidad y mucha paz. No soy y ningún humano es perfecto, así que es poco probable que esa paz esté viva todo el tiempo. Pero lo que sí es posible es tener los ánimos de ayudarla a vivir y luchar por un mundo mejor.
No sé si alguno de ustedes ya había pensado en esto, pero vale la pena reflexionar sobre ello... La paz, antes de pedírsela a todos, principalmente a los líderes del mundo,
debe iniciar con uno mismo y con el grupo social más cercano.
P.S. Gracias por seguirme y comentar. ¡Feliz miércoles!